La boca puede besar o morder. No hace falta otra boca ni otra fuerza. Con los mismos dientes, la misma lengua, la misma palabra podemos acariciar o herir, acercarnos al otro o devorarlo. Las cosas del amor suceden en el límite, cuando la boca, pudiendo morder, se detiene. Ese límite es el centro de Border. No una línea que separa el bien del mal, sino el lugar inquietante donde una misma fuerza puede cambiar de sentido cuando no sabe dónde detenerse. El deseo puede volverse compulsión; la inteligencia, delirio. Cuando los bordes dejan de ser un lugar de intercambio, se convierten en muros. Ahí comienza la zona del antiamor: la incapacidad de soportar que el otro siga siendo otro, sin ser absorbido ni expulsado. Entre mitos de la Antigüedad clásica, psicoanálisis, arte y cultura contemporánea, Constanza Michelson nos enfrenta en este ensayo a una pregunta urgente por ese borde donde todavía es posible detenerse antes de caer sobre otro.